31 de mayo de 2010
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28 de mayo de 2010
SALVACIÓN INTEGRAL Y POSTMODERNIDAD. III LA ALTERNATIVA
Al ser consideradas la verdad y el comportamiento como meras construcciones culturales, la construcción cristiana –el mensaje del evangelio- es única y simplemente una construcción más entre las muchas existentes y, como hemos mencionado en varias ocasiones, sólo obliga y sólo es válida para aquellos que libremente han optado por ella.
Nos hemos quedado pues sin el terreno cultural común en el que poder dialogar con el no cristiano, y al carecer del mismo no podemos construir nuestra evangelización sobre premisas que sean válidas para ambos, nuestro interlocutor no cristiano y nosotros mismos. Dicho de otro modo, carecemos de un lenguaje común que nos permite el diálogo, emitimos en una frecuencia de onda diferente de la que nuestros receptores pueden procesar. ¿Qué podemos hacer? Podemos seguir insistiendo en el viejo paradigma de proceder e ignorar esta realidad o podemos entenderla y aprovecharla.
Nuestra propuesta es que comencemos con la experiencia. No estamos afirmando que no sea necesario conocer y dominar la apologética tradicional. Puede llegar el momento en que esta sea útil, ya que una de las características del hombre postmoderno en general y el joven en particular es que, en mayor o menor medida, su pensamiento es bastante ecléctico y aunque rechace el racionalismo de la modernidad, todavía quedan secuelas en su estructura de pensamiento que son una herencia, a menudo inconsciente, de la misma.
Recordemos la afirmación postmoderna, siento luego existo. Recordemos el valor central que se da a la experiencia y como afirman los mismos postmodernos, no puede ser falso algo que siento y experimento.
Ya hemos visto que comenzar con la verdad absoluta nos exige un tremendo esfuerzo intelectual y emocional, la mayoría de las veces, con escaso éxito, para intentar convencer a nuestro interlocutor de su error y/o su pecado.
Comenzar con la experiencia nos permite encontrar ese terreno común sin el cual la predicación del evangelio se hace muy difícil, por no decir imposible. Comenzar desde la experiencia nos ahorra el tener que invertir enormes cantidades de tiempo en defender el concepto de verdad y pecado, tareas que, como hemos visto, son de dudoso éxito en una sociedad relativista.
Comenzar con la experiencia también nos permite un diálogo más fructífero con las personas no cristianas ya que podemos comunicarnos, no únicamente en el nivel conceptual, sino también en el nivel de la vivencia. La experiencia común nos acerca a otros seres humanos.
Comenzar con la experiencia nos hace más humildes ya que nosotros participamos de la misma como cualquier otro ser humano y nos protege de la arrogancia intelectual y moral que proyectamos sobre los demás por sabernos o, al menos creernos, poseedores de la verdad absoluta.
En el documento, una perspectiva bíblica de la salvación, hablábamos de las cuatro rupturas que todo ser humano experimenta como consecuencia de su pecado, es decir, de su rebelión contra la autoridad de Dios.
Todo ser humano experimenta estas cuatro rupturas. Si realmente se trata de una experiencia universal, entonces podemos comenzar con ella, podemos explicar el origen de las mismas y la posible solución.
Así pues, me encuentro con la persona no cristiana en una situación que nos resulta común a ambos, la experiencia. Ambos, la persona y nosotros, experimentamos esas cuatro grandes fracturas producidas por el pecado y podemos con claridad identificarlas en nuestra propia experiencia vital como seres humanos.
No vamos a encontrar ningún problema para que un interlocutor no creyente acepte la realidad de la fractura interna. Todos hemos experimentado, estamos o experimentando o experimentaremos con total certeza, los estados internos autodestructivos que describimos con detalle en el documento, una perspectiva bíblica de la salvación.
la fractura en las relaciones interpersonales es común a todos los seres humanos. Es imposible que hables con una persona que no tenga en su vida relaciones rotas, muchas de ellas productoras de gran dolor y sufrimiento. Basta con pedirle a tu posible interlocutor que mire a su alrededor para que compruebe y verifique lo que unos seres humanos somos capaces de hacerle a otros seres humanos.
Existe una creciente sensibilidad hacia la realidad del ser humano y su acción destructiva, abusiva y depredadora de la naturaleza. Sin la más absoluta duda, esto forma parte de la experiencia de cualquier ser humano y será muy fácil para nuestro interlocutor el poder identificarse con la misma.
Es posible que se niegue la realidad de la fractura con Dios. Sin embargo, no tenemos que insistir en defenderla, simplemente explicarla como explicamos el resto de las fracturas y la dejamos a la consideración de la persona.
Hemos construido pues un terreno común para poder explicar nuestra fe. La evangelización consiste en proveer una explicación para la experiencia vital de los seres humanos –es decir, por qué experimentan lo que experimentan- y una solución o alternativa a esta experiencia –es decir, como podemos restaurar estas fracturas- La fe cristiana se presenta como una respuesta a esta realidad que el ser humano vive y que hasta ahora no ha podido resolver.
La experiencia –las cuatro fracturas- es el eje central. Nos permite explicar el concepto de pecado –no como conducta, sino como actitud vital de rebelión contra Dios- y nos permite explicar la solución por medio de la conversión, entendida esta no como la unión a un grupo religioso, sino como la vuelta hacia Dios en reconocimiento de su autoridad y soberanía.
Uno de los grandes retos que plantea la misión en el mundo postmoderno es responder a la pregunta ¿Cuál es la buena noticia del evangelio para el hombre postmoderno? En el pasado, la buena noticia era el perdón para el pecado. Pero hoy en día, ese mensaje no suena ni bueno, ni nuevo. Debido a lo que ya hemos explicado el relativismo ha hecho desaparecer el concepto y la noción del culpa, consecuentemente, el perdón no es buena noticia porque no hay nada de lo que necesite ser perdonado.
Ahora bien, si partimos de la experiencia del hombre postmoderno, su ruptura interior, interpersonal, con la naturaleza y con Dios, entonces el evangelio es una noticia nueva y buena, es la noticia que existe restauración para una generación rota.
SALVACIÓN INTEGRAL Y POSTMODERNIDAD. II LAS CONSECUENCIAS PARA LA EVANGELIZACIÓN
Acerca de la verdad
Al ser la verdad una construcción social, esta solo afecta y obliga a aquellos que la reconocen como tal. A los ojos de la sociedad postmoderna nuestra fe es solamente una verdad más entre las muchas existentes, todas ellas con minúscula y ninguna de ellas con mayúsculas.
Una persona postmoderna no negará que el cristianismo sea verdad, simplemente añadirá que se trata de nuestra verdad. El postmoderno no negará la validez de las afirmaciones de la fe cristiana, simplemente añadirá que son válidas, para nosotros.
Sin embargo toda nuestra apologética está basada en la existencia de una verdad absoluta, objetiva e independiente del ser humano. Una verdad a la que se puede acceder por medio de la razón y, finalmente, una verdad que puede ser conocida de manera cierta por todo aquel que se acerque a ella carente de prejuicios o intereses que desee defender y, por tanto, puedan privarle de un reconocimiento y aceptación de la verdad.
En la modernidad se partía pues de una premisa diferente. La verdad no se construía socialmente, existía independientemente de todos los seres humanos y podía ser conocida. Esta premisa, si era aceptada, ofrecía un terreno común entre el creyente y el no creyente en el cual era posible la discusión, el intercambio de idea e información y, el creyente, podía con estos medios ayudar al no creyente en su proceso de búsqueda e identificación de la verdad.
Piezas maestras de la apologética como. Evidencias que exigen un veredicto o Más que un carpintero, están basadas en esta premisa y, como todos los que han leído el libro saben, están orientadas a proveer la información necesaria para que una persona pueda tomar una decisión inteligente, razonada y objetiva con respecto a las afirmaciones de Jesús y la fe cristiana.
Pero el hombre postmoderno parte, como ya hemos visto, de premisas diferentes. Niega la existencia de una verdad independiente al ser humano y afirma que es este quien crea y construye las verdades bajo las cuales se regirá, tanto en el campo de conocimiento como en el del comportamiento.
La consecuencia es que nos quedamos sin un terreno común. Hemos dado un paso atrás. Ahora, no solamente hemos de ayudar al no creyente a descubrir la verdad, sino que antes debemos de convencerle de la existencia de una verdad absoluta, paso previo, imprescindible y necesario para poder construir todo nuestro edificio apologética y nuestra presentación del evangelio.
Al carecer de un terreno común que haga posible la discusión, hemos de crearlo. Ahora bien ¿es nuestra responsabilidad defender la existencia de la verdad absoluta? Pensemos por un momento que la Biblia no dedica tiempo a explicar la existencia de Dios ni proveernos de argumentos apologéticos en este sentido. La Biblia, simplemente lo da por sentado y comienza con estas palabras, en el principio Dios.
Se afirma que en la postmodernidad la famosa frase pienso, luego existo, ha sido sustituido por siento, luego existo. El hombre intelectual ha sido sustituido por el hombre sentimental. Aquello que siento y experimento ha de ser necesariamente verdadero, ha de ser necesariamente cierto, por tanto, la verdad deja de ser, en buena parte, un concepto para convertirse en una experiencia. Muchos jóvenes postmodernos se acercan a la verdad de forma experimental, no de forma intelectual.
Acerca del pecado
Si defender la verdad absoluta –área del conocimiento- es una empresa titánica en el mundo postmoderno, también lo es defender la idea de pecado –área del comportamiento.
El hombre postmoderno afirma que al igual que la verdad, la ética y la moral son puras construcciones sociales. Grupos humanos se dotan de ciertos conceptos de bien y mal, correcto e incorrecto, simplemente porque son necesarios para la pura convivencia. No existe ninguna relación entre estas construcciones sociales y valores absolutos en el campo del comportamiento de los cuales esas construcciones pudieran ser reflejo.
Los estudiosos de la historia del cristianismo primitivo afirman que en la sociedad pagana en que este creció y se desarrolló, existía un sentimiento muy arraigado de culpa y de la necesidad de la salvación. El cristianismo, proveyó, por medio del sacrificio de Jesús una respuesta ante este sentimiento de culpabilidad tan extendido en la sociedad grecorromana.
Este sentimiento no está presente en la sociedad postmoderna contemporánea. El hombre postmoderno no experimenta un sentimiento de culpa que le haga sentir la necesidad de perdón y salvación. Jesús afirmaba que, sólo aquellos que están enfermos tienen la necesidad de ir al médico. Pues bien, si la afirmación de Jesús es cierta, no encontramos ante una sociedad que no se considera enferma hasta el punto de necesitar la intervención de un salvador que les libere de sus pecados. ¡Atención! No estamos afirmando que no estén enfermos, antes bien estamos afirmando que no tienen conciencia de la gravedad de su enfermedad.
Nos encontramos pues, ante un reto similar al planteado cuando hablábamos de la verdad absoluta. Primero necesitamos convencer a nuestros interlocutores de la existencia de unas normas absolutas acerca del bien y del mal. Una vez establecido este previo terreno común, podemos ayudarles a comparar sus propias vidas con la norma, teniendo la esperanza de que esta comparación les ayude a darse cuenta de sus fallos morales y la necesidad de que Dios intervenga en sus vidas.
El problema es la increíble dificultad de construir ese terreno común debido a la consideración que la persona postmoderna tiene de la ética y la moral como construcciones sociales. Como pasaba con nuestra verdad, nuestra pauta de comportamiento es, simplemente, una más entre las muchas pautas disponibles para la persona postmoderna y, consecuentemente, sólo obliga a aquellas personas, en este caso, los cristianos, que hemos decidido aceptarla como la columna vertebral de nuestro comportamiento. Los demás, no se sienten obligados ni juzgados por ella.
SALVACIÓN INTEGRAL Y POSTMODERNIDAD. I EL RETO PARA LA EVANGELIZACIÓN
Una de las características definitorias de la postmodernidad es el relativismo, tanto en el campo epistemológico o del conocimiento como en el campo de la ética o el comportamiento.
Definición de relativismo.
La Enciclopedia Filosófica Garzanti define del siguiente modo el relativismo:
Término con el que se puede calificar toda concepción filosófica que no admita verdades absolutas en el campo del conocimiento o principios inmutables en el ámbito moral.
De esta definición se implica que existen dos ámbitos básicos en el que se desenvuelve el relativismo: el epistemológico o del conocimiento y el de la moral o comportamiento.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua, por su parte, define el relativismo con las siguientes palabras:
Una perspectiva que afirma que las verdades éticas dependen tan sólo de los individuos o grupos que las aceptan.
Dicho de una manera más simple: “Es bueno para ti pero no necesariamente para mí. Yo no negaré que lo sea para ti pero no trates de imponérmelo y obligarme a aceptarlo también como bueno para mí”.
El relativista ve la moralidad como algo totalmente abierto a la interpretación de cada individuo. Lo correcto o incorrecto en la visión del relativista está sujeto a cambio según las personas, o según las circunstancias dentro de una misma persona. Debido a esta actitud de cambio el relativista, como ya se indicó anteriormente, puede sostener ideas contradictorias acerca de la moralidad y la ética y no considerar que su contradicción sea un disparate. Véase a modo de ejemplo la afirmación hecha por el antropólogo español Tomás Calvo Buezas:
Del integrismo de hace unas décadas pasamos hace unos años a un relativismo -inicialmente sano- que pareció instalarse en nosotros. Pero ahora se ha comprobado que es importante contar con algunos puntos de referencia y educar a los jóvenes en un sistema de valores. Esto no supone que haya una vuelta al pasado sino a unos valores que cada uno toma y selecciona a la carta, como si fuera un menú.
El fin de la verdad objetiva
La modernidad pretendía que los seres humanos tenían a su alcance la habilidad para descubrir de forma racional la verdad y aplicar esas verdades a situaciones éticas y morales. Se partía de la base que el conocimiento podía tener las siguientes características:
· Ser cierto. Es decir, ser correcto y absoluto de forma esencial.
· Ser objetivo. Es decir, podía ser visto y analizado al margen de la personalidad.
· Ser bueno. Es decir, la ciencia y el conocimiento combinados tendrían un poder liberador y restaurador del ser humano.
La postmodernidad acabó con ese sueño al afirmar la imposibilidad de conocer cualquier verdad objetiva, ya que nosotros mismos, como observadores estamos viciados de subjetividad.
Toda “realidad” es meramente una construcción cultural y social. Aunque teóricamente el postmoderno pueda aceptar la existencia de la verdad absoluta, en la práctica no acepta que nadie pueda encontrarla y tener una mínima comprensión de la misma. Las implicaciones de estas afirmaciones son claras:
· Como mucho podemos aspirar a conocer partes de la realidad.
· Como mucho, nuestras creencias deberían ser consideradas en un estado de precariedad, ya que son únicamente teorías temporales.
· Todas las afirmaciones son hechas en base a la fe. Por tanto, ninguna afirmación puede tener una prioridad, precedencia o superioridad sobre otra.
· Cualquier afirmación de poseer la verdad con mayúscula es totalmente ridícula.
· Quien intente imponer sus puntos de vista sobre otro es un ser despreciable.
· La tolerancia se convierte en la principal virtud social.
El descubrimiento de la Teoría de la Relatividad ha creado un montón de problemas para toda la física basada en las premisas de Newton y en la creencia de la existencia de una teoría que pudiera explicar absolutamente todo. La física cuántica se mueve en el terreno de las contradicciones, donde la luz puede ser descrita como ondas o partículas en función de cómo sea observada, lo cual, es una total y absoluta contradicción. Sin embargo, ha destruido los cimientos del pensamiento cartesiano.
Según el escritor Codrington hay tres principales componentes dirigiendo el gran cambio de la modernidad a la postmodernidad:
· La ruptura de las creencias y la pérdida de un consenso universal acerca de lo que es verdadero y lo que no lo es.
· El nacimiento de una cultura global. Conforme las cosmovisiones son más conscientes de la existencia de otras cosmovisiones se produce la negativa, no sólo a aceptar ninguna de ellas como absolutamente verdadera, sino incluso la posibilidad de encontrar un método o forma de decidir entre los valores relativos de los diferentes sistemas.
· Una creciente polarización entre las partes con relación a diferentes temas morales, filosóficos, educativos y culturales.
La desaparición del consenso cultural
No hace demasiado tiempo la mayoría de las personas en los países de cultura occidental sabían con total y meridiana claridad qué era correcto y qué era incorrecto. Ambas cosas estaban muy bien delimitadas y su conocimiento al alcance de cualquiera.
Eso no significaba que todo el mundo siguiera lo correcto ¡Naturalmente que no! Siempre ha habido personas que han decidido vivir al margen de la legalidad y la moralidad. Pero estas personas sabían perfectamente de qué lado vivían.
La sociedad reconocía que existían unos valores morales absolutos por los cuales se regía. Esto era posible porque había un consenso cultural acerca de esos valores. Dicho consenso era provisto por la fe cristiana que convertía la moralidad pública y privada en una única cosa. Durante siglos, en occidente, el cristianismo proporcionó los valores sobre los que se edificó la sociedad.
Sin embargo, eso ya no es cierto. El consenso cultural que el cristianismo proporcionaba ya no funciona. Los valores de la cultura judeocristiana ya no son los que fundamentan nuestra sociedad. Es cierto, que esto se da con mayor intensidad en algunas culturas que en otras. Sin ninguna duda, podemos afirmar, que la ruptura de ese consenso es más fuerte en Europa Occidental y Estados Unidos que en otros países. Sin embargo, parece ser un fenómeno irreversible en toda la cultura occidental.
Al respecto y de manera profética Francis Schaeffer, el gran filósofo cristiano, en fecha tan temprana como el año 1984 escribió lo siguiente en su libro El gran desastre evangélico:
No existe una edad de oro en el pasado que podamos idealizar –Ya sea en los años tempranos de los Estados Unidos, la Reforma o la iglesia primitiva. Pero hasta hace muy pocas décadas existía algo que correctamente podía ser denominado un consenso cristiano que dio de un modo definitivo una forma distintiva a la sociedad occidental y a los Estados Unidos. Ahora, ese consenso se fue para siempre y las libertades que trajo se destruyen ante nuestros ojos. Estamos en un tiempo en el que el humanismo está llegando a su conclusión natural en moralidad, valores y legislación. Lo único que la sociedad tiene hoy en día son valores relativos basados en resultados estadísticos, o la decisión arbitraria de aquellos que tienen el poder político o legal.
¿Cuál es el resultado del rompimiento de dicho consenso? Relativismo. Un relativismo que entre formas se expresa de la siguiente manera:
- La experiencia es la medida última de todo significado.
- Lo correcto y lo incorrecto es diferente y arbitrario para cada persona.
- La moralidad y la ética son una cuestión de gustos personales y preferencias individuales.
- No hay manera objetiva de decidir lo que es correcto e incorrecto. Dos personas pueden definirlo de forma, no sólo diferente, sino incluso contradictoria y ambos ¡Tener razón!
- Naturalmente, ninguna opción es mejor o más válida que otra.
Relativismo cultural
¿Bajo que bases se puede culpar a los talibanes por la forma en que trataban a las mujeres en Afganistán? ¿Quién puede afirmar que la práctica de la oblación –mutilación del clítoris llevada a cabo entre las niñas de muchos países de religión musulmana- sea ago incorrecto?
El relativismo cultural afirma que una cultura o sociedad define lo que es correcto o incorrecto para las personas que forman parte de la misma. Dicho de una manera llana, la moralidad es una construcción social llevada a cabo por los miembros de un determinado grupo social. Consecuentemente, sólo obliga a los que voluntariamente forman parte del mismo.
Parece coherente ¿verdad? Un grupo o cultura se pone de acuerdo acerca de lo que sus miembros consideren correcto e incorrecto y definen sus propios límites. Al ser algo dado por los mismos miembros, estos límites pueden ser cambiados cuando el interés general o simplemente la mayoría así lo determinen.
Naturalmente un grupo diferente no tiene por qué aceptar ni considerar válidos los criterios y los límites de otro grupo. Así, en el año 1994 se celebró una conferencia mundial sobre los derechos humanos. La conferencia estaba patrocinada por las Naciones Unidas. Varios países asiáticos, entre ellos China, protestaron por las presiones recibidas de los estados occidentales para que se respetaran los derechos humanos en aquellos países. Su argumentación fue la siguiente: “Los derechos humanos son un concepto occidental. En oriente, las cosas se entienden de una forma diferente.
¿Qué derecho tienen los estados occidentales a decirnos cómo hemos de organizar nuestras sociedades?” el razonamiento de estos países es impecable y demuestra los límites del relativismo cultural: los valores tan sólo son válidos para los grupos que los aceptan, pero carecen de fuerza moral para aquellos que los rechacen por la razón que sea.
Si no hay verdades absolutas. Si la moralidad es algo que un grupo humano se otorga a sí mismo, que construye socialmente, entonces no existe ninguna base lógica ni racional por la cual un grupo pueda emitir un juicio sobre los valores de otro colectivo humano simplemente porque son contrarios, diferentes o injustos desde su perspectiva.
Vistas así las cosas no hay base humana racional para hacer un juicio negativo de los talibanes o sobre la oblación ¿Quiénes somos nosotros –gente externa y ajena a su cultura- para poder emitir juicios? A este respecto, Josh McDowell en su libro The New Tolerance menciona la increíble contradicción que tuvo que asumir una escritora feminista, atrapada entre su feminismo y su relativismo, al tener que hacer una valoración de la ya mencionada práctica de la oblación. He aquí el resultado:
¿Cómo puedo yo argumentar contra una cultura que ni siquiera he tratado de entender? ¿Es relevante que yo, que soy una extraña, pueda encontrar dicha práctica cruel? A pesar de lo duro que me resulta admitirlo, la respuesta es no.
Naturalmente sobran todos los comentarios.
Concluimos el apartado del relativismo cultural con una frase del escritor y pensador cristiano Gene Edward quien al referirse a un hipotético enfrentamiento entre los valores opuestos de dos grupos diferentes escribe lo siguiente:
La sociedad no está sujeta a la ley moral, construye la ley moral. Si no hay absolutos, la sociedad presumiblemente puede construir cualquier valor que quiera y ella misma no estar sujeta a ninguno. Todos los temas son tan sólo una cuestión de poder. Sin absolutos morales el poder se convierte en arbitrario. Puesto que no existe una base para la persuasión moral o la argumentación racional, el bando con más fuerza o poder gana.
La fuerza se convierte en el único remedio para resolver los conflictos entre los valores sostenidos por grupos diferentes cuando estos valores son enfrentados o contradictorios. La fuerza hace que el ganador esté en lo correcto y el perdedor en lo incorrecto. Se convierte pues en una auténtica ley de la selva. Un imperio del más fuerte.
En su libro Time for Truth, Oss Guinness desarrollo esta misma argumentación. A primera vista, añade Guinness, la postmodernidad nos ofrece un mundo de total libertad al acabar con todos los absolutos. Sin embargo, hay un pequeño inconveniente. Si la verdad ha muerto, ni lo correcto ni lo incorrecto significan absolutamente nada, y lo único que nos queda es la voluntad de obtener el poder, entonces, en opinión de este autor, la conclusión es muy simple: El poder hace que las cosas sean correctas.
Cuando todo queda reducido a una voluntad de obtener el poder, manipulación es el nombre del juego y la victoria la consigue el más poderoso y fuerte. Guinness, en su libro incluye la siguiente y significativa frase del magnate americano de los barcos y los ferrocarriles Cornelius Vanderbilt al respecto:
¡La ley! ¿Qué me importa la ley? ¿Significa algo si tengo el poder?
27 de mayo de 2010
Sígueme - Nueva Entrada!

Hoy te traemos una nueva entrada del blog Sígueme de Felix Ortíz, continuando su serie JESÚS RESTAURA LA RUPTURA DE MI RELACIÓN CON OTROS. UN CAMINO MEJOR (Segunda Parte)
Te dejo una pequeña introducción de este interesante post
El círculo ofensa --> dolor/pérdida/abuso --> relaciones rotas --> retribución/venganza --> + relaciones rotas, debe ser roto, la dinámica y espiral de ruptura debe ser cortada y Dios ha tomado la iniciativa de hacerlo.
La parábola de los dos deudores, en forma de narrativa, introduce el tema con claridad. Dios ha dado el primer paso para romper el círculo perdonándote todas tus deudas y ofensas hacia Él.

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