5 de abril de 2010

Juventud y Posmodernidad - Parte 9



CREAR ESTRUCTURAS DE CREDIBILIDAD


I. INTRODUCCIÓN


Ya hemos mencionado anteriormente que en un sociedad pluralista –y la nuestra lo es- las únicas cosmovisiones, las únicas formas de ver la vida que pueden sobrevivir son aquellas que cuentan con una buena estructura de credibilidad o plausibilidad.


Este tipo de estructura era descrito como un grupo humano que encarna los valores y estilos de vida defendidos por una cosmovisión en particular. La carencia de este tipo de estructuras en un mundo pluralista, relativista y tolerante pone en peligro de extinción cualquier tipo de modo de ver la vida, por mucho que el mismo pueda clamar ser la verdad con mayúsculas o minúsculas.


Si nos centramos en la realidad de nuestro país, España, no es osado afirmar que el cristianismo, en buena parte, no es considerado por las personas como una alternativa sobre la cual construir sus vidas debido a la falta de credibilidad que tiene. La fe cristiana, representada mayoritariamente en España por la Iglesia Católica, no es creíble y eso, es debido a que no somos percibidos los cristianos como una comunidad que encarna los valores que defendemos y aseguramos ser verdaderos.


Podría pensarse que esta declaración es totalmente subjetiva y estar en radical desacuerdo con la misma. Sin embargo, lo dicho en el anterior párrafo está sustentado por varios estudios sociales realizados en nuestro país. Simplemente a modo de apoyo citaremos dos de ellos.


Un estudio realizado este mismo año -2004- entre los jóvenes barceloneses reflejaba que el 80% de ellos desconfiaba de la iglesia. Únicamente los partidos políticos, con una desconfianza del 88%, eran menos creíbles a los ojos de los jóvenes barceloneses. Este porcentaje era mayor en el estudio JOVENES ESPAÑOLES 2000, dirigido por el profesor Javier Elzo y publicado por la Fundación SM.


El punto central radica en que a los ojos de la juventud española, el cristianismo no es creíble y, por tanto, no van a considerarlo como una opción sobre la cual construir su proyecto vital. Sin estructura de credibilidad no hay opción de supervivencia posible en una sociedad postmoderna. Además, y todos los que trabajamos con jóvenes somos conscientes de ello, los mismos jóvenes de nuestras iglesias están abandonando la fe y dejándola de considerar como el eje vertebrador de su proyecto vital por la misma razón, la falta de credibilidad de nuestras comunidades.


No olvidemos que para los jóvenes postmodernos ver es creer. No echemos en saco roto la realidad de que la verdad para ellos es algo experimental, no un simple concepto intelectual. Meditemos sobre las implicaciones de la realidad de que para estos jóvenes la verdad únicamente es identificable cuando la pueden ver encarnada en un grupo humano. Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros lleno de amor y de verdad.


II. UNA VIEJA TRADICIÓN DE ESTRUCTURAS DE CREDIBILIDAD


Si bien es cierto que el concepto de “estructura de credibilidad” es un término acuñado en nuestros días por los sociólogos y estudiosos de la cultura, no lo es menos que el principio –dar credibilidad a lo que creemos con nuestro estilo de vida- es más viejo que el tebeo y está presente a lo largo de todas las páginas de la Escritura.


El pueblo de Israel fue escogido por Dios para ser un testimonio –estructura de credibilidad- suyo entre todas las naciones de la tierra. La idea era que la cercana relación entre el Señor e Israel fuera una evidencia que moviera a los otros pueblos a plantearse la cuestión y volverse hacia el único Dios (véase a este respecto Deuteronomio 4:1-9)


Israel falló de forma estrepitosa en su responsabilidad de ser una buena estructura de credibilidad. En sus primeros tiempos debido a que siguió y se contagió del estilo de vida idolátrico de los otros pueblos. Esto llevó incluso a su destrucción como nación, primero del reino del Norte, Israel y posteriormente del reino del sur, Judá.


En sus últimos tiempo el reconstituido Israel se fue al extremo contrario y se convirtió en una sociedad cerrada y excluyente, que perdió de vista nuevamente cual era el propósito de Dios para su pueblo. En su xenofobia y rechazo de los otros pueblos perdieron su oportunidad de ser una buena estructura de credibilidad y consiguieron todo lo contrario, hacer aborrecible en nombre de Dios entre los gentiles (véase Romanos 2:24)


Jesús fue la estructura de credibilidad de Dios. Este es un punto que ya hemos tratado anteriormente. Con su vida, muerte y resurrección Jesús dio total y absoluta credibilidad al amor de Dios hacia la humanidad. Este amor habría quedado única y exclusivamente en palabras, en grandes declaraciones de intenciones y propósitos si no hubiera sido porque Cristo, haciéndose ser humano y muriendo por nosotros, hizo creíble, plausible, auténtico y genuino el interés del Señor por una humanidad caída.


Jesús da credibilidad a Dios. Del mismo modo Jesús hace creíble su propio mensaje porque ante todo, y sobre todo, Jesús encarnó todos los valores que predicó. Su estilo de vida estuvo caracterizado por ser un ejemplo viviente del nuevo tipo de humanidad que planteaba y así lo ilustró en sus relaciones con Dios y con los hombres.


Jesús llamó a la iglesia a vivir de tal manera que hiciera creíble el evangelio a los ojos de un mundo que está bajo el dominio y la oscuridad de Satanás. El Señor nos dijo que éramos sal y luz y que una ciudad en lo alto de una montaña no podía esconderse. Mencionó una y otra vez que nuestro estilo de vida –algo evidente, comprobable y verificable por los demás- sería la causa principal que nos identificaría como hijos de Dios y discípulos suyos. No deja de ser curioso que el énfasis se ponga en el estilo de vida y no necesariamente en las creencias. Tiene todo el sentido porque las estructuras de credibilidad no se construyen con ideologías sino con vidas transformadas, devotas y comprometidas.


Las cartas del Nuevo Testamento están vacías de exhortaciones a la evangelización. Es curioso pero es necesario rebuscar ampliamente entre las páginas del Nuevo Testamento para poder encontrar en los consejos de Pablo, Pedro, Santiago u otros escritores bíblicos, referencias a la necesidad de evangelizar.

No obstante las referencias que pueden ser leídas en clave de construir estructuras de credibilidad son muy abundantes. Una y otra vez nos encontramos en las epístolas referencias a cultivar, cuidar y promover un estilo de vida que evidencia la realidad de nuestro caminar con el Señor. (véase entre otras referencias 1 Pedro 2:11-12; 3:1-2; 1 Juan 1:1-4; 2:3-4; 4:7-9)


III. EL RETO DE DESARROLLAR ESTRUCTURAS DE CREDIBILIDAD


Hay un episodio que todavía está vivo en mi mente como el día que sucedió hace ya varios años.

Mi esposa y yo paseábamos por la playa de la Vila Olímpica de Barcelona una tarde verano. Era aquella hora en la que el sol ha perdido su fuerza y está a punto de ponerse. La luz tiene un tono muy especial en ese momento del día. La playa estaba prácticamente vacía, tan sólo unos pocos bañistas aquí y allí permanecían.


Entonces comenzó ante los nuestros ojos un desfile de seres deformes. Jóvenes y adultos con claros síntomas de enfermedades cerebrales y/o degenerativas, todos ellos en sillas de ruedas, eran conducidos hacia la playa por un grupo de jóvenes de aspecto “Cumbayá” Era evidente que habían escogido premeditadamente aquella hora de la tarde para evitar que aquello se convirtiera en un espectáculo.

Dos cosas nos impactaron de aquella situación. En primer lugar la alegría de los voluntarios que llevaban a cabo aquel increíble trabajo. En segundo lugar, su amor y dedicación hacia gente necesitada. El espectáculo rompía el corazón y hacía que las lágrimas pugnaran por salir de nuestros ojos.


Un versículo vino a mi mente y me golpeó de forma brutal, fueron aquellas palabras de Jesús cuando afirmó: “Os aseguro que los que cobran los impuestos para Roma, y las prostitutas, entrarán antes que vosotros en el reino de Dios” (Mateo 21:31)


Porque no podemos obviar la apabullante realidad de que hay miles y miles de personas que sin ser cristianas, ni conocer a Dios, ni pertenecer a ninguna iglesia evangélica, viven de forma más fiel y más intensa muchos de los valores del Evangelio que nosotros mismos. Y que tristemente aquellos que no conocen a Dios van por delante nuestro en lo que a encarnar algunos de los valores más importantes del cristianismo se refiere.


Tristemente la iglesia en vez de verse desafiada por semejante realidad y sentirse empujada a una profunda revisión de nuestra función como estructura de credibilidad ha reaccionado menospreciando y echando por tierra la labor de aquellos que aman a su prójimo y se entregan por él. Hemos cuestionado sus motivaciones, hemos cuestionado aspectos morales de su estilo de vida y, sobre todo, hemos apelado que no tienen la verdad, no conocen a Dios y nunca han orado la oración de salvación. Dicho de otra manera, es posible que hagan el bien –sólo posible, habría que investigar que retorcidas razones les mueven- pero en cualquier caso no tienen la verdad. ¿Quién fue aquel que dijo: “quiero misericordia y no sacrificios”?


Es tiempo para la demostración, se acabó la era de la proclamación. Si realmente queremos servir como estructura de credibilidad para el mensaje del Evangelio hemos de cambiar totalmente nuestro paradigma con relación a la evangelización y el discipulado, hemos de asumir que los tiempos han cambiado y que hemos de redescubrir y recuperar el viejo paradigma bíblico del “Ven y ve”


En un mundo como el que nos tocado vivir lleno de dolor, sufrimiento, desesperanza y necesidades los creyentes no podemos quedarnos de brazos cruzados, ajenos a esas realidades y repitiéndonos una y otra vez que tenemos la verdad. La verdad que no lleva a la acción no es tal verdad es un mero discurso vacío de sentido y de poder.


DEMOSTRAR VERSUS PROCLAMAR


Durante varios siglos la evangelización ha sido comprendida como una proclamación o verbalización del mensaje del Evangelio y, de éste, reducido a unos cuantos principios básicos. Las Cuatro Leyes Espirituales serían un ejemplo magnífico en este sentido.


La evangelización se entendía desde un paradigma espiritual e intelectual. Espiritual en cuanto a que lo importante era la salvación de las almas. Los seres humanos eran percibidos como almas y lo más importante y prioritario era la salvación de las mismas. Las personas no eran vistas ni comprendidas como seres humanos integrales, por tanto, la salvación era algo esencialmente espiritual que no necesariamente afectaba al resto del ser humano.


Sin duda esta era una visión reduccionista. Si el pecado, tal y como vemos en Génesis 3 afectó a la relación del ser humano con Dios, con otros seres humanos, consigo mismo y con su entorno. La salvación –no olvidemos que el Hijo de Dios vino para restaurar las obras del maligno- debía de afectar a esas mismas áreas. Una caída integral requería una redención integral.


Desde esta perspectiva todo esfuerzo social que no sirviera de “coartada” para la evangelización –entendida esta como salvación de almas- no era valorado y se consideraba una pérdida de tiempo. Ministrar a los seres humanos en sus necesidades era simplemente un trampolín, una estrategia para lo que realmente era importante, la proclamación del mensaje para la salvación del alma.


Intelectual en cuanto a que el mensaje del Evangelio se entendía como una serie de conceptos o proposiciones dirigidas al intelecto de las personas. El Evangelio era algo que se debía de creer, entendiendo por creer, la comprensión y aceptación de ciertas proposiciones intelectuales. Una mala comprensión del término bíblico creer, nos ha llevado a la histriónica situación de que no importa cómo vivas siempre que aceptes intelectualmente las verdades correctas.


Esta degeneración del concepto de creer nos ha llevado hasta tal punto que incluso aquellos que creemos –aunque no practiquemos- nos sentimos con la libertad y la autoridad para poder juzgar a aquellos que practican pero, desde nuestro punto de vista no creen lo correcto. Cuando confrontados con las enseñanzas de Santiago respecto a la nulidad de ese tipo de fe o creencia, no nos sentimos en absoluto afectados y nos repetimos una y otra vez: “no por obras para que nadie se glorie”


Para millones de cristianos nacidos y educados bajo este paradigma de evangelización esta es la única y correcta manera de dar a conocer el mensaje de salvación a un mundo perdido.


Sin embargo, es muy cuestionable que este sea el único modo de evangelizar. Sin duda es un modo. Sin duda ha sido válido durante muchas generaciones y ha servido para que personas se acercaran al conocimiento de Dios, pero sería un error creer que es el modo por antonomasia y aún más creer que es el modo bíblico de llevar a otros el mensaje de salvación.


Los tiempos han cambiado y de nuevo ha vuelto a salir a la palestra lo que ya vimos que la Biblia una y otra vez indica, la necesidad de construir estructuras de credibilidad. Sin duda, el método de proclamación sin encarnación ha quedado totalmente obsoleto y no responde a las demandas de la realidad social. Para aquellos que confunden el medio con el fin, o la forma con la función, esto es una auténtica catástrofe. Sin embargo, para aquellos que buscan ser sal y luz en su generación de una forma efectiva hay buenas noticias en la Palabra de Dios hacia la que nos podemos volver en busca de principios de trabajo.


El nuevo paradigma de evangelización tiene varias características.


1. Demostración por medio de la encarnación


Hemos abundado ya ampliamente sobre este concepto. La verdad bíblica es siempre una verdad encarnada en la vida de individuos y comunidades. Estas, con su estilo de vida hacen creíble, plausible las verdades que defienden y proclaman.


Dios debe ser evidente en nuestras vidas, nuestras familias y nuestras comunidades. Su presencia y su trabajo sobrenatural ha de ser real y visible, no únicamente para nosotros, sino para aquellos que no creen y nos rodean.


2. Una visión integral del ser humano


La salvación restaura todo aquello que el pecado destruyó y corrompió. Cuando la salvación llega a una casa no solamente el alma es limpia de pecado y restaurada, también lo son las relaciones interpersonales, la propia visión y dignidad que ese ser humano tiene de él mismo, su relación con el entorno, sus heridas emocionales, sociales, mentales.


Un buen ejemplo en este sentido lo encontramos en la curación de un leproso que aparece en el evangelio de Marcos en el capítulo 1:40-45. Jesús se preocupó por la salvación integral de aquel desgraciado. En primer lugar lo tocó, algo totalmente innecesario y que le declaraba impuro según la ley levítica. Ahora bien, el toque hacia un ser humano que durante tiempo había vivido en total soledad sin que nadie jamás le hubiera tocado y mostrado afecto significó mucho.


El toque de Jesús devolvía dignidad de ser humano y transmitía afecto, identificación y cariño, transmitía el mensaje: “eres digno y valioso. Te amo”.


Jesús ministró su necesidad física curándolo. Le ordenó que presentará la ofenda prescrita, lo cual significaba que su relación con Dios estaba restaurada, podía volver a relacionarse con Dios en el templo. Finalmente, Jesús se preocupó también por su situación social, por restaurarlo a su entorno. Le dijo que se presentara ante el sacerdote para que este diera evidencia ante la comunidad de su curación, permitiéndole, por tanto, volver a la comunidad de Israel.


Jesús nunca tuvo una visión reduccionista del ser humano. Jesús no vio almas, vio hombres y mujeres auténticos, integrales.


3. Una involucración con las necesidades de un mundo que sufre.


Santiago, el hermano de Jesús, en 1:27 nos dice: “he aquí la religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre: asistir a los débiles y desvalidos en sus dificultades y mantenerse incontaminado del mundo.”


Uno de los pecados que de forma reiterada los profetas denunciaban era que Israel y Judá se habían olvidado del huérfano y de la viuda. Esta expresión en el Antiguo Testamento sirve para referirse a todos aquellos desvalidos y necesitados. El huérfano y la viuda ilustraban pero no excluían a todos aquellos que vivían en una situación de necesidad y estaban desvalidos.


El ministerio de Jesús nos muestra con toda claridad este tipo de entrega a un mundo en necesidad. Es tan obvio que no vamos a invertir más tiempo desarrollando los múltiples ejemplos que podemos encontrar en las Escrituras.


Así lo ha entendido la iglesia cristiana a lo largo de los siglos. Todas las instituciones que hoy en día forman parte de las redes de servicios sociales de los países más desarrollados nacieron al amparo de la iglesia: escuelas, universidades, educación para todos, hospitales, asilos para ancianos, orfanatos, casas para moribundos, etc., etc. Todo esto hoy en día se ha convertido en un derecho de cualquier ciudadano y el estado ha asumido todas esas competencias, ahora bien, es importante no olvidar que nacieron todas, sin excepción, a la luz de la cruz. El mundo grecorromano desconocía ese tipo de instituciones de tipo universal.


4. Una vida radical y auténtica


La autenticidad, el ser genuino ha de ser la marca de la nueva evangelización. Porque probablemente ésta será más una cuestión de ser y vivir que de hacer.


Es muy probable que simplemente tengamos que vivir de una forma real, radical, cristocéntrica que evidencia que Cristo está en nosotros.


Estamos hablando de un estilo de vida que despierte preguntas e interrogantes y que como dijo un pensador cristiano no pueda ser comprensible si no es debido a la presencia de Dios en nuestras vidas.


Preguntas para reflexionar:

1. ¿Cómo podemos crear estructuras de credibilidad para los jóvenes de nuestras iglesias?

2. ¿Cómo podemos crear estructuras de credibilidad para los jóvenes no cristianos?

3. ¿Qué iniciativas prácticas podemos poner en acción?


Juventud Y Postmodernidad VIII


EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL

UNA NECESIDAD EN UN CONTEXTO POSTMODERNO


Queremos abordar en estas páginas la aplicación práctica que se ha de derivar de la revisión de nuestras premisas educativas. El acompañamiento espiritual se presenta como el mejor medio para poder encarnar la verdad y darle credibilidad para nuestros adolescentes.


I. JUSTIFICACIÓN


El Señor Jesús en Marcos 2:22 nos narra la parábola de los odres nuevos y viejos. Según la misma, el vino nuevo no puede colocarse en odres viejos. De hacerlo, se corre el peligro de perder ambos, el vino y el odre. El nuevo vino requiere un nuevo odre.


Todos los comentaristas están de acuerdo en afirmar que la parábola hace referencia al evangelio y al judaísmo. El viejo recipiente, el judaísmo, no era válido para el nuevo tipo de relación con Dios que Jesús estaba instaurando. Ambos no casaban y había el serio peligro que el viejo odre, el judaísmo, acabara echando a perder el nuevo vino, una relación personal con Dios basada en la gracia y la fe.


En Hechos 15 se nos narra la celebración del primer concilio de la iglesia cristiana, el Concilio de Jerusalén. Este cónclave fue decisivo para la historia del cristianismo. En el fondo, el problema a debatir era el de los odres nuevos y los viejos. Un sector de la naciente iglesia quería que los gentiles se convirtieran prácticamente en judíos, observando la Ley e incluso practicando la circuncisión. Otro sector, encabezado por Pablo y Bernabé consideraba que el nuevo vino, los gentiles, debían tener un nuevo odre, una iglesia cristiana libre de las cargas judaizantes.


Gracias sin duda a la intervención de Dios, los asistentes al concilio tomaron la decisión de permitir que los gentiles construyeran odres nuevos para la nueva cosecha espiritual que se estaba recogiendo entre ellos. La iglesia cristiana en Palestina continuó con el odre viejo, observando la Ley y viviendo en el judaísmo. Hacia finales del siglo I, este tipo de cristianismo había prácticamente desaparecido y la iglesia cristiana era una iglesia de odres nuevos, eminentemente gentil.


Los desafíos que la postmodernidad nos presenta, de los cuales ya hemos hablado, nos llevan a ser serios a la hora de plantearnos cuáles han de ser los nuevos odres que hemos de utilizar para la transmisión y el cultivo de la fe entre nuestros adolescentes. La iglesia, como institución cultural, so pena de quedar obsoleta, no puede permitirse el lujo de continuar acercándose al problema del vino nuevo con su bien elaborada estrategia de odres viejos.


No olvidemos la forma en que las nuevas generaciones se acercan y procesan la verdad, la necesidad de que ésta esté encarnada y que la iglesia actúe como una auténtica estructura de credibilidad. No olvidemos el ejemplo de Jesús, la verdad encarnada, y la práctica durante muchos siglos por parte de la iglesia del acompañamiento espiritual.


II. AYUDAR A LOS JÓVENES A EXPERIMENTAR A DIOS


Cuando los jóvenes asisten a nuestras iglesias buscan y, además, tienen el derecho a encontrar un Dios real al cual puedan experimentar y el cual pueda manifestárseles. Los adolescentes ni quieren, ni desean, ni necesitan cultos fríos, muertos y carentes de total significado espiritual para ellos.


Los adolescentes en particular, y los jóvenes en general, desean experimentar de forma real aquello que les estamos predicando y les estamos enseñando. No puede ser que hablemos de un Dios de amor, perdón, gozo, paz, acompañamiento en la vida cotidiana, auxilio en los momentos de angustia, dirección para la toma de decisiones y, después, todo eso no lo experimenten. Si nuestro acercamiento educativo a los adolescentes “habla” de ese tipo de Dios pero no les permite “experimentar” ese tipo de Dios, algo no funciona y, hemos de ser honestos y reconocer que con bastante probabilidad somos nosotros y nuestro sistema el que falla. Es una solución muy socorrida culpar al adolescente por no creer en vez de plantearnos si nosotros le estamos ayudando a vivir y experimentar la verdad. Recordemos nuevamente, sin ver y experimentar esta generación no puede reconocer la verdad.


ESTO NOS PLANTEA A LOS LÍDERES Y EDUCADORES DE JÓVENES UN GRAN DESAFÍO, AYUDARLES A QUE VIVAN Y EXPERIMENTEN UNA AUTÉNTICA AMISTAD CON JESÚS, UNA AUTÉNTICA RELACIÓN DE AMOR CON UN DIOS QUE LES AMA Y ACEPTA DE FORMA INCONDICIONAL


Todos aquellos que tenemos la responsabilidad de trabajar con los jóvenes debemos esforzarnos en ayudarles a reconocer a Dios en la vida cotidiana. Nuestro Dios es un Dios trascendente, es decir, que está más allá y separado de su creación, no constituye una sola cosa con ella. Pero a la vez, es un Dios cercano que está a nuestro lado que se revela en la cotidianeidad, que no es indiferente a nuestras necesidades y que constantemente trabaja en el universo. Nuestro Señor ha hecho que la vida cotidiana se convierta en sagrada al estar Él presente en todos y cada uno de sus aspectos.


Los líderes de jóvenes tenemos el deber y el desafío de ayudar a la generación de adolescentes postmodernos a poder identificar y ver el trabajo cotidiano de Dios, no únicamente en sus vidas personales, sino a su alrededor.


Un contraste entre la antigua forma de hacer ministerio juvenil y la nueva forma pueden sernos de gran ayuda para entender lo que queremos decir. Se trata, como fácilmente se verá, en un contraste entre nuevos y viejos odres

Modelo tradicional de ministerio

Acompañamiento espiritual


En el modelo tradicional de ministerio la palabra clave es conocimiento. Este modelo nacido y pensado para la modernidad está basado en la transmisión de información dirigida fundamentalmente al intelecto. Se considera que la fe, la madurez y el crecimiento se adquieren a través del acceso a la información acerca de Dios y la vida cristiana. El modelo presupone que dado el conocimiento correcto los jóvenes sabrán identificarlo como tal y sabrán cómo aplicarlo en su vida y su realidad cotidiana.


En el modelo nuevo de acompañamiento espiritual la clave es la intimidad y el desarrollo de una relación personal con Jesús. Se busca que el joven pueda conocer y experimentar la realidad de la presencia de Dios, no sólo en su vida, sino en el mundo en general. Este modelo no descarta el conocimiento ni la transmisión de información, sin embargo, va más allá de la misma y provee al joven con oportunidades para la experiencia y lo expone a la verdad encarnada.

Este tipo de modelo de ministerio se centra en entretener y enseñar. Si definimos la enseñanza como la mera transmisión de información veremos que muchos grupos de jóvenes se han especializado precisamente en eso, en transmitir información a los jóvenes que lo componen. El entretenimiento también es una parte central del viejo modelo. Muchas iglesias se esfuerzan en retener a sus jóvenes por medio de experiencias de ocio creativas y constantes. ¡Cuidado! No estamos diciendo que enseñanza y entretenimiento sea malas. Simplemente estamos señalando un modelo de ministerio que gira alrededor de estos ejes y, que de acuerdo a nuestra opinión, no es válido para los nuevos desafíos que plantea una sociedad postmoderna a jóvenes y adolescentes.

El nuevo modelo de ministerio busca y pretende ayudar a los jóvenes y adolescentes a desarrollar un concepto que denominaremos RED.

R

Este modelo pretende ayudar a los jóvenes a reconocer el trabajo de Dios a su alrededor. Los líderes de jóvenes, con su mayor madurez y perspicacia ayudan a los adolescentes bajo su responsabilidad a que puedan identificar el trabajo del Señor en sus vidas cotidianas, sus familias, sus amigos, su escuela, su iglesia, el propio grupo de jóvenes, etc.

Los líderes han de ayudar al adolescente a interpretar la vida cotidiana en clave sobrenatural y divina. Cuando, por ejemplo, un joven ha salido ileso de un accidente automovilístico, no se trata de una cuestión de “vaya suerte que ha tenido”, antes bien, el líder les ayuda a ver “el cuidado y la providencia de Dios”.

Este trabajo es tremendamente exigente para el líder ya que implica cercanía e implica al mismo tiempo su propia capacidad de discernir al Dios vivo actuando en su propia vida y su propio ambiente. Lo importante en este caso no es cuánto sabe el líder acerca del Señor, más bien cuánto de lo que sabe está experimentando y viviendo en su vida cotidiana. Sólo si esto sucede podrá ayudar a otros a reconocer y experimentar el trabajo del Señor en sus propias vidas.

Partimos de la base de que los líderes no somos ni los iniciadores, ni los protagonistas de la Pastoral Juvenil. Dios está trabajando en la vida de todos y cada uno de nuestros jóvenes y adolescentes desde mucho antes que nosotros, ni siquiera comenzáramos algún tipo de acción o trabajo con ellos. Somos, no lo olvidemos, colaboradores de Dios, de un Dios que trabaja y toma la iniciativa de buscar al hombre y que nos invita a nosotros a unirnos en ese trabajo.

Es pues nuestro reto ayudar a los adolescentes a que puedan ver ese trabajo ya presente del Señor en sus vidas desde hace tiempo.

E

El segundo paso es expresar el trabajo de Dios. De nuevo, esta es una responsabilidad del líder. Él debe comenzar expresando lo que Dios está haciendo y enseñándole en su vida cotidiana. Al hacerlo, los adolescentes podrán comprobar que Dios es real, que trabaja en la vida de personas como ellos y, por tanto, puede haber esperanza de que trabaje en sus propias vidas de forma real. Al expresar el líder u otros jóvenes cómo Dios está actuando en su experiencia vital, el resto de los jóvenes comprueban que Dios no es algo teórico o doctrinal solamente, sino un ser que se preocupa y se involucra en la vida de los seres humanos.

Veamos una ilustración. Un líder comparte la forma en que durante la semana el Señor le ha ayudado a superar un problema serio de relaciones interpersonales. Mientras el líder lo hace, los adolescentes se dan cuenta que Dios actúa de forma real. Pueden pensar que si Dios ha ayudado a su compañero puede ayudarlos a ellos. Además pueden identificar la posibilidad de ser ayudados por Dios en áreas en las que ni habían pensado ni sabían cómo hacerlo.

Cuando un líder expresa cómo ha visto la presencia de Dios en una situación cotidiana, los adolescentes pueden empezar a pensar que lo que atribuyen al azar o la casualidad tiene una intervención divina detrás y pueden empezar a reconocer el trabajo del Señor en sus propias experiencias cotidianas.

D

Finalmente, el líder debe desarrollar el trabajo de Dios. Después de haber reconocido y expresado el trabajo del Señor en la vida de los adolescentes, el líder debe desarrollar este trabajo. ¿Cómo se lleva a cabo? Animando a otros a compartir sus propias experiencias del trabajo de Dios. Desafiándoles a que relacionen sus necesidades con la posibilidad de la intervención de Dios. Dando gracias por el trabajo hecho por el Señor y pidiéndole que se involucre en las vidas de aquellos con problemas, desafíos y necesidades. Animando a los adolescentes a identificar de forma cuidadosa la intervención del Señor durante los siguientes días.

En este modelo no se desprecia en absoluto la información ni el conocimiento, antes bien, se busca que este pueda ser vivo y aplicable en la realidad cotidiana de cada joven.

En el modelo tradicional de ministerio el líder de jóvenes, o el pastor en aquellas comunidades que lo tienen, es el centro de la pastoral juvenil. El líder saber y enseña a los que no saben. Es el responsable de transmisión de la información y, en muchos casos, se siente responsable de que los jóvenes crezcan y maduren espiritualmente. Muchos líderes de jóvenes funcionando con este paradigma se sienten responsables de tener todas las respuestas para todas las preguntas. Consideran, así mismo, que deben ser perfectos y sin fallo, de lo contrario perderían autoridad ante los jóvenes.

En el nuevo modelo de ministerio la pastoral juvenil no es una tarea de un solo hombre o mujer. Se trata eminentemente de un trabajo de equipo. Lo importante no es “el pastor de jóvenes” sino un equipo de mentores, de acompañantes espirituales que trabajan de forma coordinada para asegurarse que todos y cada uno de los jóvenes bajo su responsabilidad pueden experimentar a Dios y son acompañados espiritualmente en su proceso de búsqueda del Señor.

El líder de jóvenes no está llenando de conocimientos una botella vacía. Contrariamente facilita a los jóvenes que descubran al Dios que está trabajando a su alrededor. Todos participan, todos son protagonistas y todos contribuyen a la edificación de los otros.

Un ministerio de este tipo requiere de un equipo de personas en contraste con el modelo tradicional que exige un “hombre orquesta” capaz de hacerlo todo y, además, bien y con resultados exitosos.


III. ACOMPAÑAR ESPIRITUALMENTE A LOS JÓVENES


Como puede deducirse del nombre, el acompañamiento espiritual es un proceso. Es el proceso de guiar y cuidar espiritualmente al adolescente durante toda su travesía espiritual desde la incredulidad al conocimiento y el encuentro personal con Cristo.


El acompañamiento espiritual es un proceso a largo término. No es una actividad. Tampoco es un evento. Es un viaje espiritual de años.


En el acompañamiento espiritual cada persona tiene su propio ritmo. Dios trabaja de forma diferente en la vida de cada persona. El tiene su “kairos” para cada individuo y utiliza en ese viaje espiritual multitud de experiencias, personas y situaciones diferentes para cada adolescente.


Ese viaje espiritual no puede ser acelerado ni retrasado. El acompañante, el mentor, debe de ir al ritmo del pupilo. Animando cuando sea necesario. Exhortando cuando las circunstancias lo requieran. Disminuyendo el paso cuando el joven se estanque.


El acompañamiento espiritual es estar al lado del adolescente durante esos años críticos en que su fe será asaltada por el relativismo, el pluralismo, la nueva tolerancia y el resto de los desafíos que la postmodernidad le irá presentando.


El acompañamiento espiritual de un adolescente puede fácilmente durar cinco o seis años.


Este viaje espiritual parte del principio básico de la oveja perdida. Cada individuo es único, precioso y valioso a los ojos del Señor. Los noventa y nueve que están en el rebaño no nos llevan a un conformismo y auto satisfacción que nos impidan ver la importancia y necesidad de ese único que todavía falta.


A. LA IMPORTANCIA DEL MENTOR


El mentor es el acompañante espiritual del adolescente durante su viaje hacia el conocimiento de Cristo.


La palabra mentor tiene su origen en la mitología de la Grecia clásica. Ulises, el héroe de la Iliada, encomendó a su hijo Telémaco bajo la tutela y cuidado de un sabio llamado Mentor. Como Ulises estaba batallando en la famosa guerra de Troya, Mentor tenía la responsabilidad no únicamente de enseñarle por medio de los libros, sino también todos los ardides, tretas y peligros que había de encontrar y enfrentar en la vida. De tal modo que la tarea de Mentor fue educar su mente, pero también su espíritu. No sólo proporcionar información sino sabiduría para vivir.


El diccionario castellano define como mentor la persona que aconseja, guía y orienta. Las dos últimas acepciones del término indican claramente el papel activo y vital del mentor. Para guiar y orientar es preciso conocer el camino o estar en un proceso activo de averiguarlo.


En jardinería se acostumbra colocar un palo al lado de un árbol joven que está en proceso de crecimiento. Este palo o vara sirve para que el crecimiento del nuevo árbol se produzca de manera recta y erguida, sin doblarse u orientarse de forma incorrecta. La vara ayuda a garantizar el desarrollo en la dirección adecuada y sirve para suplir la debilidad y fragilidad del nuevo árbol.


La tarea del mentor es acompañar espiritualmente al adolescente en su viaje único, personal y vital hacia el conocimiento de Cristo como Señor y Salvador personal.


B. COMO SE LLEVA A CABO EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL


El acompañamiento espiritual como proceso espiritual vital se lleva a cabo por medio de cuatro grandes influencias.


1. Encarnar la verdad para el adolescente


Se ha repetido hasta la saciedad que el primer y más importante evangelio que los jóvenes leen y consideran como válido es nuestra propia vida personal como educadores. Nuestra vida es el primer y, tristemente el único, evangelio que nuestros adolescentes leen. Nuestra pobre vida espiritual, la inconsistencia de nuestra experiencia cristiana, hace que para muchos nuestra vida sea suficiente excusa para rechazar una lectura más profunda de la Palabra de Dios.


Ya se ha repetido ampliamente que los jóvenes no procesan la verdad intelectualmente sino de forma vivencial. El mentor, el acompañante espiritual vive y encarna el mensaje para el joven. Nuestra vida es nuestro mensaje. El mentor no debe tener miedo de decir al joven que sea un imitador de él, porque a su vez, él está imitando a Cristo. En contra de esa falsa humildad de que la gente no debe poner los ojos en nosotros sino en Cristo. La Palabra nos reta a ser dignos de imitar. No perfectos, pero coherentes. No perfectos, pero caminando hacia la perfección. De nada sirve pretender que los jóvenes no fijen sus ojos en nosotros, lo hacen y, por tanto, debemos vivir vidas dignas para ellos. Nuestra enseñanza es nuestra vida.


Jesús vino y plantó su tienda entre nosotros nos dice Juan 1:14. Él es el verbo, la palabra, la verdad encarnada, hecha carne entre nosotros, hecha accesible para nosotros. Juan afirma que nadie jamás ha visto a Dios, sin embargo, el Hijo nos lo ha dado a conocer (1:18)


El mentor actúa del mismo modo para el adolescente. El mentor vive y acompaña al joven en su viaje, en su peregrinaje espiritual. El mentor está al lado y puede, por tanto, señalar al joven cómo Dios está actuando en medio de su mundo y quiere y puede actuar en su propia vida personal.


El mentor es responsable de ayudar al adolescente a percibir al Señor en medio de todo el ruido, tensión y contaminación espiritual que le pueden impedir ver a un Dios de amor actuando y obrando a su alrededor.


El mentor con su vida ilustra lo que Dios puede hacer en el proyecto vital de una persona. Recordemos que el adolescente necesita ver la verdad para reconocerla. Cuando el adolescente pueda ver, a través de nuestra propia experiencia vital, que Dios trabaja en la vida de personas como él, de carne y hueso, entonces podrá reconocer la verdad y con la ayuda y el trabajo del Espíritu Santo aceptarla.


Este último punto está muy relacionado con la experiencia narrada por Marcos en el capítulo 5 de su evangelio. Jesús cura a un endemoniado en Gadara, éste le pide acompañarle en su ministerio. Jesús, en 5:19 le indica que vuelva con los suyos y sea un testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida. El mentor ilustra lo que Dios puede hacer en la vida de una persona. El mentor ilustra que Dios sigue actuando en personas auténticas. El acompañante espiritual no explica ni más, ni menos que aquello que Jesús está haciendo. El mentor no debe exagerar, debe ser coherente y consistente para ser convincente.


Un mentor narra su propia historia única y personal de lo que Dios está haciendo con Él. El acompañante espiritual es consciente, él mismo, de estar en un viaje vital y, por tanto, puede explicar que Dios sigue pacientemente trabajando en Él. Dios guarda su propia honra. Un acompañante espiritual no precisa inventar la intervención del Señor, tan sólo ser fiel a lo que Dios hace.

Cuando un mentor narra su historia el adolescente puede sentirse identificado. Puede pensar que si Dios trabaja en personas como el mentor también puede hacerlo en la suya. Cuando el mentor explica su experiencia, sus luchas, cargas, victorias y derrotas, el adolescente puede sentirse identificado y generar esperanza de que Dios también puede obrar en sus circunstancias.


2. Proveer un marco de referencia para el joven


En el proceso de la formación de la identidad espiritual los marcos de referencia tienen un papel vital e importantísimo. Estos marcos actúan como puntos de orientación que sirven para que por medio del contraste, la comparación, la imitación y, en ocasiones, la oposición, el adolescente pueda ir modelando su nueva y emergente personalidad e identidad.


En un momento en que las familias pierden una parte de su influencia con el adolescente, el mentor actúa como un modelo que ayuda a los muchachos y muchachas a responder a esas preguntas claves de la adolescencia ¿Cómo debo ser? ¿Qué tipo de persona he de desarrollar? El adolescente en búsqueda de una identidad espiritual buscar a su alrededor tratando de encontrar señales y personas que le permitan tener una idea acerca de cómo formarse esa identidad.


3. Provee una estructura de credibilidad


Ya hemos mencionado de forma extensa este punto. El mentor, viviendo y encarnando la verdad en su propia vida y experiencia vital hace creíble el evangelio a los ojos de los adolescentes que están bajo su responsabilidad.


Por medio de su amor y aceptación incondicional del adolescente, mostrándole su gracia en cualquier situación y circunstancia, hace creíble para estos el amor, la aceptación y la gracia de Dios.


No olvidemos que las estructuras de credibilidad son básicas para poder reconocer la verdad y, por tanto, aceptarla.


4. Provee relaciones redentivas


El mentor, como indicamos en el punto anterior, hace creíble la gracia, el amor y la aceptación incondicional de Dios hacia el adolescente. Pero además, al vivirlo en sus relaciones con los adolescentes les permite a estos experimentar unas relaciones de redención. Hay muchos jóvenes que no pueden entender y, por tanto, aceptar la gracia de Dios porque nunca la han experimentado.


En sus casas e iglesias son tratados con juicio y condena. Al suceder esto, la gracia es simplemente teoría, discurso, pero no una verdad viva para ellos. Sin embargo, cuando un mentor les trata con gracia pueden entenderla. Este tipo de relaciones redentoras hacen mucho más por acercar a los jóvenes a Dios que muchos sermones y estudios bíblicos juntos.


Los jóvenes pueden experimentar con el mentor ese tipo de relaciones que Jesús estableció con los publicanos y pecadores y que precisamente eran las que atraían este tipo de personas hacia el Señor.


El mentor ayuda al adolescente a experimentar las ricas verdades contenidas en las tres parábolas de Lucas 15 (la oveja perdida, el padre que acepta y perdona y la moneda perdida).


Es, sin embargo, nuestra responsabilidad el osada y valientemente buscar una renovación de nuestro trabajo con la juventud aplicando los principios eternos de la Palabra a las nuevas situaciones y no protegiéndonos detrás de la rutina y la inercia de las cosas que siempre hemos hechos.


Toda época de transición es difícil. La tentación es buscar la seguridad de los territorios bien conocidos, aunque estos hayan probado no funcionar, en vez de lanzarnos confiadamente en un viaje de fe y confianza en el Señor con la certeza, de que a su tiempo, Él nos dará las claves para ganar esta generación para Él.


4 de abril de 2010

Juventud Y Postmodernidad VII


REVISAR NUESTRAS PREMISAS EDUCATIVAS


Los estudios anteriores nos sirvieron para definir de forma breve qué es la postmodernidad. También pudimos observar algunas de las características más notables de los jóvenes postmodernos. Por último, durante los tres últimos meses abordamos los desafíos más importantes que la postmodernidad plantea a la juventud.


El propósito de este estudio es trabajar los cambios que debemos llevar a cabo en nuestra forma de trabajar con la juventud de nuestras iglesias. Este tema puede ser muy delicado ya que cuestionará muchas premisas que nos son conocidas y queridas, aunque no necesariamente sean bíblicas.

Esperamos que lo tratado en este tema os ayude a servir mejor a la juventud de nuestras comunidades.


I. LA VERDAD OBJETIVA YA NO FUNCIONA PARA LOS JÓVENES


Cuando hablábamos del relativismo ya mencionamos que éste se da en dos campos diferentes, el campo de la moral y el campo del conocimiento. Afirmamos que el relativismo indica que no existen verdades absolutas en el campo del conocimiento. La verdad absoluta no existe, afirman los relativistas. Si existiera, pueden llegar a admitir, sería imposible conocerla y, naturalmente, sería totalmente imposible el demostrarla.


El concepto de verdad absoluta que hoy en día manejamos con tanta soltura tiene su origen en la Ilustración europea. La ilustración fue ese movimiento filosófico que se dio en la Europa del siglo XVIII. La ilustración enseñaba que el conocimiento que nosotros podemos tener por medio de la razón es como una especie de espejo, o foto, de la realidad, de cómo el mundo realmente es. Dicho de otra manera, por medio de nuestra razón, de nuestro intelecto podíamos llegar a conocer las cosas tal y como realmente eran. Podíamos estar seguros que lo que sabíamos era cierto y tenía una correspondencia fiel con el mundo real.


Se creía que la verdad, por decirlo de una manera coloquial, existía ahí afuera, en una especie de limbo o lugar donde la verdad residía. Esta verdad estaba esperando ser descubierta, y ese descubrimiento podía llevarse a cabo por medio del uso de la razón. Cuando usábamos nuestra razón podíamos estar seguros que aquello que llegábamos a conocer era real, cierto y objetivo. Es decir, todas las personas, partiendo de la misma base y usando su razón podían llegar a las mismas conclusiones puesto que la verdad era algo objetivo, algo que tenía existencia por sí misma al margen totalmente del observador exterior.

Bien, ya sé que para algunos hermanos lectores todo esto puede sonar a arameo del periodo intertestamentario, sin embargo, es muy importante tratar de comprenderlo para poder entender los cambios que se han producido en la manera de pensar y vivir de nuestros jóvenes.


Sigamos con nuestro intento. Si la verdad era objetiva y existía, eso significaba, como hemos mencionado antes, que cualquier persona que no estuviera impedida o condicionada por las nubes de la sinrazón, los prejuicios ideológicos o los intereses personales, podría llegar a la misma conclusión que nosotros, ya que la verdad es algo objetivo, con existencia propia al margen de cualquier observador. Vamos, que si los dos miramos a los mismos hechos y no llegamos a la misma conclusión es debido a que alguno de los dos está condicionado en su acercamiento por las razones que sean.


Si la verdad existe por sí misma (recordemos que en una especie de “limbo”) al margen de las personas, puede existir una dicotomía entre mi forma de pensar y mi forma de vivir. No habría una relación necesaria entre ambas aunque esta si que fuera deseable. Dicho de manera más clara. Yo puedo hablar del evangelio y no vivirlo ni demostrarlo en mi vida personal. Pero, aunque exista una dicotomía el evangelio continúa siendo la verdad, y cualquier persona que investigara las evidencias debería de llegar a reconocer esa verdad. Si no lo hacen es por intereses oscuros que les impiden acercarse a Dios. La verdad, sigue siendo la verdad aunque yo no la viva ni la encarne en mi experiencia.


Todo lo dicho hasta ahora refleja la forma de pensar de la modernidad. Estas eran las premisas con las que las personas modernas se acercaban al tema de la verdad. Sin embargo, no olvidemos, ya lo hemos mencionado anteriormente, los postmodernos, es decir, los jóvenes con los que estamos trabajando se acercan al tema de la verdad con unas premisas completa y totalmente diferentes.


II. LA MODERNIDAD Y LA ENSEÑANZA BÍBLICA


En la modernidad la verdad era, ante todo, conocimiento intelectual al que se llegaba por medio de la razón. En consecuencia, y a fin de estar en línea y ser aceptables a la modernidad y contactar con ella, los evangélicos adaptamos todo nuestro acercamiento educativo a las premisas con las que se movía la modernidad.


Ross Rhode en un magnífico artículo titulado El evangelio y la postmodernidad explica cómo la forma en que hemos organizado la educación en el mundo cristiano responde a la concepción moderna de la verdad. Veamos algunos ejemplos.


  • Perspectiva científica de la Biblia. Toda nuestra apologética está orientada a demostrar que la Biblia es históricamente fiable y que podemos confiar en que el texto recibido es el que realmente escribieron los autores de los diferentes libros.

  • Énfasis en la doctrina. Hemos hecho grandes esfuerzos en sistematizar la Escritura, de ahí la importancia de nuestra teología sistemática y de nuestras controversias teológicas y doctrinales sin fin, en ocasiones, por matices totalmente banales. Se produce también un rechazo a todo aquello que no encaja dentro de nuestros sistemas doctrinales.

  • Poca tolerancia al misterio. La razón era lo más importante en la modernidad y, nosotros, a fin de hacer el cristianismo aceptable a la modernidad intentamos suprimir todo aquello que olía demasiado a misterio o sobrenatural. Llevado al extremo trajo consigo todo el proceso de desmitificar la Biblia que la teología protestante europea llevó a cabo durante los siglos XIX y XX. Sin embargo, sin ir más lejos, muchas de nuestras denominaciones contemporáneas tienen aversión a todo tipo de manifestaciones carismáticas procedentes del Espíritu y a toda la vertiente subjetiva de la experiencia cristiana.

  • Poca tolerancia por la disensión y la diversidad. Esto es una realidad tanto a nivel de doctrina como de práctica. Estamos tan convencidos de tener la verdad objetiva, que nos resulta muy difícil tolerar y aceptar incluso a hermanos que ven esa verdad o la entienden de manera diferente a la nuestra.

  • Proclamación del evangelio como doctrina. Las iglesias han desarrollado una gran capacidad para transmitir el mensaje del evangelio de una forma proposicional, clara y sencilla. Hemos esquematizado, resumido y simplificado el evangelio para hacerlo más comunicable. Las Cuatro Leyes Espirituales serían un ejemplo y a la vez, la obra maestra de la modernidad en este sentido.

  • Centralidad de la predicación y la enseñanza. La manera en que entendemos la fe hace que consideremos espiritualmente maduro a aquel que posee conocimiento bíblico y doctrinal. De ahí la importancia de la enseñanza. De hecho, nuestros ministerios de enseñanza en la iglesia local copian el sistema educativo secular, con grados, currículos, materias, etc.

  • Poca prioridad al discipulado personal. La transmisión de la fe por medio del acompañamiento espiritual, que fue central durante muchos años en la iglesia cristiana, no tiene el lugar central que debería tener. Incluso, cuando se da, está más centrado alrededor del estudio bíblico que la transmisión de vida espiritual. En ocasiones bajo la expresión discipulado se esconde un sistema reglado de formación. Nada puede ser más contrario al espíritu del discipulado bíblico que la expresión “clase de discipulado” o bien, “curso de discipulado” A uno le resulta difícil ver a Jesús usando esas expresiones y siguiendo ese patrón.


La iglesia se adaptó a la modernidad y lo hizo bien. Sin embargo, los tiempos han cambiado y, sin cambiar el evangelio, la iglesia debería hacer un esfuerzo para acomodar sus premisas educativas a los nuevos tiempos. Esto requiere mucha sabiduría y sensibilidad para saber desechar aquello que es temporal y cultural y mantener a la vez el evangelio puro. Hemos de cambiar la forma pero no el fondo. Sin embargo, el peligro se da cuando confundimos ambas cosas y defendemos la forma como si del fondo se tratara. Esta confusión puede llevarnos a muchos problemas, el principal de ellos sería defender la cultura de la modernidad como si del evangelio se tratara impidiendo con ello que los jóvenes con una mentalidad postmoderna puedan acercarse al evangelio redentor de Jesús. El vino nuevo requiere de odres nuevos. Al menos, eso afirmaba Jesús.


III. EL CONCEPTO DE VERDAD HA CAMBIADO PARA EL JOVEN


No lo olvides, los jóvenes postmodernos quieren ver y experimentar. Ellos no se acercan a la verdad y al conocimiento de la misma por medio del intelecto sino más bien por medio de la experiencia. Vale la pena volver a recordarlo el concepto de verdad objetiva a la que se accede por medio de la razón es una invención, un producto de la Ilustración.


La nueva generación no pueden identificar la verdad en un discurso o una predicación, necesitan verlas encarnada en un grupo humano, en la comunidad, en individuos para poder reconocerla y, por tanto, poder aceptarla en sus vidas.


Ya mencionamos al hablar del pluralismo que en las sociedades postmodernas son precisas las estructuras de credibilidad o plausibilidad para que los diferentes estilos de vida puedan ser creíbles y aceptables.

Para los jóvenes postmodernos no basta con decirles o explicarles la verdad. No importa cuan ortodoxa y bien sistematizada esté nuestra teología. Para ellos es indiferentes cuántas doctrinas tengamos y nuestros planes y estructuras para enseñarlas. Ellos necesitan ver la verdad en la comunidad en la que forman parte y, a menos que la vean, no podrán reconocerla. No lo olvides, ellos no procesan la verdad como los modernos, ellos necesitan ver, vivir y experimentar.


Ya lo desarrollamos en el tema del pluralismo, la comunidad cristiana debe actuar como estructura de credibilidad, es decir:


  • Debe ser un grupo humano que vive y practica lo que cree. No basta con que enseñe la verdad y crea la verdad. Debe vivir de forma evidente la verdad.

  • Desde el punto de vista bíblico la verdad no es algo que existe ahí afuera, en ese “limbo” donde residen las ideas. Este concepto que popularizó la Ilustración tiene su origen, como tantas cosas, en el pensamiento griego. Desde el punto de vista bíblico la verdad sólo existe encarnada, bien sea en personas o en la comunidad.

  • Si una comunidad no vive la verdad, entonces no posee la verdad, tan sólo tiene discurso teórico.

  • Los jóvenes únicamente podrán identificar la verdad de Dios cuando la puedan ver encarnada, es decir, hecha carne, tomando vida en la comunidad o sus individuos.

  • Los jóvenes no buscan estructuras de credibilidad perfectas, pero, como mencionábamos en el artículo anterior, si coherentes.

  • A menos que la comunidad provea con la verdad encarnada los jóvenes no podrán tomar decisiones en un contexto de pluralismos.


Es posible que llegados a este punto algunos lectores piensen que estamos rozando la herejía. Creemos que no. Es nuestra convicción que la enseñanza bíblica va en la dirección que hemos estado apuntando. Veamos algunos puntos al respecto:


  • En el Nuevo Testamento Jesús es la verdad revelada y encarnada. Jesús se definió a sí mismo como la verdad en el famoso pasaje de Juan 14:6.

  • En Juan 1:14 se nos dice que Jesús plantó su tienda en medio nuestro. Esto es muy importante. Jesús ha sido y sigue siendo la estructura de credibilidad de Dios. Nosotros sabemos que el amor y el interés de Dios por nosotros es cierto porque Jesús, con su encarnación, vida y muerte lo ha demostrado. El amor de Dios no es discurso, el amor de Dios es amor encarnado. Dios se ha hecho creíble para los seres humanos gracias a la vida de Jesús.

  • Jesús se definió a sí mismo como la luz. La luz que permite discernir en medio de la oscuridad. Del mismo modo, Jesús nos ha dicho a nosotros que somos la luz. No ha dicho que nuestras confesiones de fe o declaraciones doctrinales sean la luz. Lo que el Maestro afirma es que nuestras vidas son la luz, las que hacen creíble, o no, el evangelio.

  • Jesús fue su mensaje. Del mismo modo, el primer relato del evangelio y, todo sea dicho, el más creíble es nuestra propia vida. Muchas veces nuestra vida habla tan fuerte y claro que hace imposible el acercamiento al relato del evangelio escrito.

  • Jesús nos desafío a encarnar la verdad. Es interesante que en su afirmación de Juan 13:35, Jesús indica que el mundo llegará a la conclusión de que somos sus discípulos al comprobar nuestro amor. Dicho de manera más clara, no serán nuestros credos o confesiones de fe los que darán credibilidad a nuestra identidad cristiana, será nuestro amor, o, por decirlo de otra manera, nuestra forma de vivir, la verdad encarnada.

  • En su oración sacerdotal Jesús también indica que lo visible, en este caso nuestra unidad, será lo que ayudará a un mundo incrédulo a creer que Jesús ha sido enviado por el Padre (Juan 17:23). La verdad encarnada en la iglesia, ésta viviendo en unidad, será reconocible por el mundo, sin embargo, el discurso, no sirve ni tiene valor para una sociedad postmoderna.

  • Finalmente en el ya mencionado pasaje de la luz del mundo Jesús indica que cuando la gente vea nuestras buenas obras, entonces, y sólo entonces, alabarán a nuestro Padre que está en los cielos.


Los que estamos tratando de insistir una y otra vez es el hecho de que la verdad, desde el punto de vista de las Escrituras vive y toma cuerpo en la vida de la comunidad cristiana. La Biblia cuando habla de verdad habla de verdad encarnada. Cuando la iglesia no encarna la verdad sólo tiene discurso vacío. Cuando la iglesia no vive la verdad y ésta no toma cuerpo en los creyentes es irreconocible para los jóvenes postmodernos que tienen premisas diferentes y sólo pueden reconocerla cuando la ven y la experimentan.


Jesús desafiaba a la gente a que fueran y vieran “VEN Y VE” fue el reto de Jesús a los que querían ser discípulos suyos. Es increíble como el evangelio siempre tiene la respuesta a los desafíos de cada generación. Para el joven postmoderno nuestra respuesta educativa ha de ser “VEN Y VE”, una respuesta auténticamente bíblica ¿no es cierto? Cuando trabajamos con los jóvenes y los adolescentes hemos de olvidarnos del “VEN Y OYE” propio de la modernidad y enfatizar el “VEN Y VE”, “VEN Y VIVE”, “VEN Y EXPERIMENTA” a Jesús, la verdad encarnada.


Nuestras premisas educativas deben cambiar en este mundo postmoderno. Para trabajar con los jóvenes y tener un impacto en sus vidas hemos de encarnar la verdad para ellos, hemos de vivirla.


Recordemos que la verdad bíblica no existe en un limbo exterior donde residen las ideas tal y como suponían los griegos. La verdad existe encarnada en una comunidad de fe que la vive, la hace real y, por tanto, la hace identificable para los jóvenes.


Este artículo tenía como propósito desafiar nuestras premisas educativas. El próximo trabajo tratará sobre la aplicación práctica de lo desarrollado, es decir, de qué modo podemos encarnar la verdad para los jóvenes, cómo se transmite la verdad en la postmodernidad.